domingo, 9 de enero de 2011

Capítulo 6 parte 1

Capítulo 6
Los dioses perdidos
1

Cuando Enitt y Ross se lanzaron en ataque —espadas en ristre— contra el mago, poco se imaginaban la pericia que gastaba Solomon en el manejo del bastón. Ambos extremos subían y bajaban, interceptando y desviando estocadas y lances, a una velocidad diabólica. El mago realizaba giros armonizados al movimiento del bastón y a los ataques de los contendientes que confundían a éstos, y lograba no sólo defenderse neutralizando sus golpes, sino que, de tanto en tanto, les golpeaba con fuerza en puntos especialmente dolorosos. Y, además, no dudaría en usar su magia si ellos le daban oportunidad, por muy cansado que le hubiera dejado su duelo personal con la extraña niña.
Ambos miembros de Los Siete buscaban huecos por donde deslizar sus espadas, y por un par de veces los encontraron; pero la armadura mágica que portaba Solomon impidió que los aceros se clavasen en su carne. Y, en un descuido, golpeó a Ross en la frente con el extremo de la gruesa vara, noqueándole. El antiguo tabernero cayó unos metros hacia atrás, impulsado por el propio golpetazo.
Enitt sintió acrecentarse en su interior esa furia salvaje y oscura, primigenia, pero no dejó que le dominara. Necesitaba su parte racional en esta lucha, no sólo la fuerza bruta. Tampoco dejó que las continuas paradas del mago le frustraran, esperó con paciencia que cometiera un error. Pero el mago erraba poco, y cuando lo hacía y Enitt lograba introducir su filo, el maldito escudo lo rechazaba. No sabía cómo iba a salir de ésta. No podía dañar al mago, ni mantener ese ritmo de lucha eternamente.
Justo cuando empezaba a sentirse fatigado, la puerta se abrió. Enitt saltó al lado opuesto con una pirueta, pues dio por sentado que se trataba de guerreros de la fortaleza. Entonces oyó, con un alivio revitalizador, el vozarrón de Proctor.
— Ah, mago tramposo: esta lucha no es justa…
El dragón plateado susurró una palabra, y un remolino de energía surgió de su mano, cruzó el cuarto y envolvió a Solomon; el archimago movió los brazos como aspas de un molino y disipó el pequeño tornado. Proctor preparaba ya un nuevo hechizo con el que atacarle.
— ¡No!—gritó Enitt—. Déjamelo a mí…
Proctor lanzó un conjuro que aparentemente no cambió nada, mientras Sivar se agachaba para atender a Ross; el hombre del pelo blanco arreció en sus ataques con fiereza. El acero asomó sobre el bastón, que erró en la parada, y mordió la carne del mago dejando una línea roja en medio de la tela cortada. Proctor había dejado a Solomon sin su armadura. Esto animó a Enitt sobremanera, y acometió contra él como presa de un ataque de locura asesina; los movimientos de ambos parecieron irreales de tan rápidos y espectaculares, hasta que, en un arrebato, Enitt partió la vara del mago. No se detuvo ahí, siguió golpeando al atribulado Solomon, que a duras penas interceptaba los golpes con los trozos del bastón. En un momento entre embate y embate, el mago juntó ambas mitades y la vara pareció soldarse sola. Su boca insinuó una sonrisa siniestra ante la expresión de fastidio del contendiente. Intentó golpearle en el rostro, pero Enitt esquivó el lance, giró en una vuelta completa y contraatacó con una estocada ascendente que hirió a Solomon en el brazo.
Solomon, consciente de que perdía fuerzas, materializó de nuevo una barrera que le separaba de los otros; se preparaba para crear un nuevo portal y huir del peligro.
— ¡No le dejes, Proctor, no dejes que lo consiga!— gritó Enitt atormentado ante la posibilidad de que el mago se escabullera, ya que sabía que si lo hacía ésta vez huiría lejos, fuera de su alcance.
Proctor lanzó un hechizo que no consiguió romper la barrera.
— ¡No puedo! ¡Por el gran dragón de Maralid, no puedo disiparla!— gritó frustrado mientras lo intentaba una y otra vez.
— ¿Qué es eso?— dijo Sivar, señalando al archimago— ¿qué es eso que parece absorber la luz, lo que aferra en su cuello?
Todos se fijaron en ello: entre los dedos cerrados del mago, una piedra negra palpitaba y emitía un halo oscuro que parecía tragarse la luz.
— Una piedra negra que sirve al mal, tal como nuestro perdido amuleto de magia blanca servía al bien...— argumentó Proctor—. No puedo hacer nada, mi magia no alcanza contra ese poder.


Jarko estiró del brazo de la pequeña, reaccionando por fin al darse cuenta de que no se dirigían hacia el caballo.
— ¡Eh! No pretenderás que vayamos al pueblo corriendo, teniendo montura... Además, ésa no es la dirección correcta.
La niña no le hizo ni caso, tiró de su mano una y otra vez insistiendo en continuar en la misma dirección.
— ¡He dicho que por ahí no!— se impacientó el muchacho, todavía alterado por el miedo y los extraños sucesos por los que acababa de pasar.
La niña soltó su mano y agarró la cadena de oro que sobresalía de los dedos de Jarko. Le quitó el amuleto al sorprendido muchacho y, pasando su pulgar e índice por los eslabones rotos, los reparó. Luego estiró del jubón del muchacho, indicándole que se agachara. Jarko, demasiado desconcertado para negarse, lo hizo así; la niña pasó la cadena restaurada por su cabeza, y él sintió un ligero cosquilleo allí donde la piedra descansaba en su pecho.
La pequeña volvió a asir su mano, pero no insistió en avanzar ahora. Le miró a los ojos profundamente, sin siquiera pestañear. A Jarko se le puso la piel de gallina.
Todo lo que les rodeaba perdió consistencia, pareció girar en un remolino de colores en torno a ellos; el muchacho comprendió que se estaban desplazando mediante la magia. Sintió una presión en todo su cuerpo, le faltó el aire y se mareó ligeramente. Cerró los ojos y aguantó la respiración.
La presión disminuyó de golpe y el mareo desapareció, Jarko abrió entonces los ojos y se quedó pasmado una vez más: estaban en el lugar más extraño que hubiera podido imaginar nunca. Lo que tenía delante era una ciudad, de eso no le cupo duda, pero los edificios eran translúcidos y se ondulaban espectralmente. La gente también. Después, cuando movió su mano en un ademán de mesarse el cabello, se dio cuenta de que estaba bajo el agua.
Jarko se agitó, presa del pánico, intentando subir a la superficie; la niña se lo impidió agarrando su mano con fuerza, con demasiada fuerza para alguien tan pequeño. No pudo seguir aguantando la respiración y, con horror, aspiró mientras luchaba contra ella. No entró agua en sus pulmones, como temía, sino que en su lugar una revitalizante bocanada de aire le devolvió a la vida que creía perdida. El muchacho, algo más calmado, se enfadó con la pequeña.
— Podías haberme avisado...— la regañó con una voz amortiguada por el agua.
Ella tan sólo le sonrió, pícara, y tampoco ahora dijo nada. Luego desvió sus ojos hacia la ciudad que tenían delante.
— Supongo que me has traído a Xenos— reflexionó el muchacho, atando cabos—. Si, ahora debemos estar bajo las aguas del lago Farca, y esa gente entonces serían los xenotas con quienes se entrevistaron Winter y Proctor. Demonios, Sivar no me mintió...
La pequeña estiró de su mano, incitándole a continuar caminando hacia la ciudad maldita.
No tardaron en ser detectados por los centinelas. Tres de ellos se aproximaron portando una extraña indumentaria, una ropa que se ajustaba a su cuerpo de cabeza a pies y sólo dejaba al descubierto sus rostros de grandes ojos negros, cuyas pupilas ocupaban por completo. No tenían nariz; en su lugar unos velos de piel se extendían desde el centro de la cara hasta donde debieran estar las orejas en caso de haberlas, puesto que quedaban ocultas por la tela, Jarko se quedó con la duda de si carecían de ellas o no. Sus pequeñas bocas no tenían labios, aparecían de vez en cuando según se movieran los velos de piel que las cubrían.
Los centinelas estaban armados con una especie de picas que se agrandaban al llegar al extremo de insólita punta roma, redondeada, sin ningún filo a la vista. Sin embargo, cuando las bajaron para apuntarles con ellas, el muchacho se estremeció y le parecieron tanto o más amenazadoras que las picas convencionales.
Les detuvieron. Jarko sintió una sensación extraña en la mente, e intuyó que les estaban sondeando. De pronto, levantaron las armas y se postraron ante la pequeña.
Si mantuvieron una conversación telepática o no, él no podía saberlo; mas intuyó de nuevo que así había sido, ya que uno de los guardias les condujo directos a la ciudad, en concreto al más grande de los edificios de toda la urbe de Xenos.
Los xenotas ante quienes les llevó el centinela no portaban la misma indumentaria que el resto de ellos, como apreciaron cuando caminaban por las calles de camino a su destino. Los cuatro personajes llevaban una especie de túnicas vaporosas que flotaban a su alrededor, igual que lo hacían los largos velos que salían del centro de sus rostros y subían hasta enmarcarlos, en un efecto parecido al del cabello humano.
Las muestras de respeto hacia la niña se repitieron, al igual que las conversaciones telepáticas entre ellos. Jarko se sobresaltó cuando oyó unas palabras en su mente, o más bien unas ideas. Los xenotas intentaban comunicarse también con él.
— Nuestro pueblo ayudará contra seres de otros planos— vinieron a decir—. Pero a condición de no cerrar la Puerta de los Planos hasta que la usemos para volver a nuestro hogar.
— Gracias por vuestra ayuda— se apresuró a responder él—. Mis amigos dijeron que érais guerreros excepcionales y, según las noticias que llegan, nada halagüeñas para nosotros, vuestro ofrecimiento es de suma importancia. Habéis de saber, ya que no quisiera que acudierais sin conocimiento de causa, que las hordas extraplanarias son muy superiores en todo a las locales. Habrán víctimas.
— No, humano, no las habrá en nuestras filas. Somos inmortales, sobre todo en éste plano. Nadie ni nada puede tocarnos aquí, sin embargo nuestras armas siguen siendo efectivas. No tenemos nada que perder.
El xenota imbuyó entonces en su mente un mapa de Álderan.
— ¿Dónde está la puerta?
La niña marcó con su mente el Desfiladero de la Rosasangre.
— Nosotros detendremos el suministro de nuevos entes— le hizo entender— .Somos cuatro mil efectivos, tanto machos como hembras estamos versados en las artes de la guerra. No será un problema.
Después, el xenota dejó de prestarle atención. Y, unos segundos más tarde, todos desaparecieron. Jarko miró atónito a la niña, ella tomó nuevamente su mano y le sonrió, una sonrisa reconfortante. Una sonrisa que decía “todo irá bien”.
La realidad que le rodeaba comenzó a perder consistencia: habían cumplido parte de su misión, pero aún quedaba algo por hacer.

sábado, 1 de enero de 2011

Capítulo 5 parte 5

5

Como cada día, Jarko se levantó antes del amanecer, desayunó apenas y salió a las afueras de Andien, a una arboleda que le ofrecía intimidad y tranquilidad, a practicar con la espada que le dejara Sivar.
Ese día era diferente. Ató al bayo, que parecía nervioso, con una extraña aprensión en el cuerpo. Reinaba un pesado silencio en el bosquecillo, los pájaros no alborotaban como solían ese amanecer. Jarko desenfundó la espada con cuidado y escrutó con la vista la maleza a su alrededor. No vio nada. Aún desconfiado, se agazapó y avanzó hasta más de la mitad del pequeño bosque y allí se detuvo. Agachado tras un espeso matorral, el muchacho notó erizarse de miedo todos los pelos de su cuerpo, el corazón comenzó a martillearle en el pecho y sintió un ligero mareo: zheeremitas.  Un grupo numeroso de tales criaturas parecía haber acampado allí. Había movimiento: los altos guerreros humanoides, parecidos a lagartos bípedos de fríos ojos amarillos y escamas verdes, afilaban sus aceros; otros recogían el campamento a las órdenes del que parecía ser el oficial. Ese zheeremita era mucho más imponente que los otros, ya de por sí más altos que un hombre: portaba una armadura negra como los abismos del infierno, una enorme espada de doble filo y su rostro era mucho más cruel que el de cualquiera de los demás. Jarko supuso que se disponían a atacar en breve, probablemente Andien. El muchacho comenzó a recular con cautela, sobrecogido al observar tan de cerca sus grandes dientes puntiagudos, sus lenguas bífidas y sus poderosas colas; tenía que llegar al pueblo y dar la alarma, pero inesperadamente  chocó contra algo. Ese algo lo agarró por la nuca, y Jarko, presa del pánico, deslizó el filo de su espada por el hueco de su axila hacia atrás. Un grito y el hecho de que le soltara, constataron que había logrado herir a su captor. No necesitó más, echó a correr como nunca antes lo había hecho, perseguido por cuatro zheeremitas, a quienes los gritos del compañero herido habían alertado. Oyó el silbido de flechas, una de ellas se clavó en un tronco junto al que pasaba, y el muchacho corrió ahora con bruscos cambios de dirección, utilizando también los árboles como escudo para no resultar un blanco fácil. Parecía estar llegando al final del bosquecillo, y en ese momento en que Jarko  empezaba a pensar que lo lograría, tropezó con una raíz que sobresalía del suelo y cayó pesadamente. Dolorido, se puso en pie como un gato, pero una garra hizo presa en sus cabellos y lo obligó a agacharse, inmovilizándolo.
Jarko se resistió, pero una patada en el costado que hizo que ante sus ojos bailaran manchas amarillas, le convenció de que era una mala idea. El muchacho se quedó quieto, resignado, mientras el zheeremita sujetaba los cabellos de su nuca tirantes, obligándole a mirar al suelo…
A sus pies, entre ellos, algo brilló. Parecía una piedra que emitía luz, engarzada a una arandela que atravesaba una cadena rota de oro. Jarko recordó inmediatamente las palabras de Sivar y, sin pensarlo, recogió el objeto del suelo. Al momento pasaron dos cosas, a cuál más extraña.
El zheeremita que le agarraba del pelo saltó por los aires sacudido por unos insólitos rayos blancos. No se levantó. Los otros tres enarbolaron sus espadas, pero no se acercaron.
Y a su lado apareció una linda niñita de rizos plateados, desnuda, que le miraba de pie frente a él con unos asombrosos ojos azul violeta. Jarko miró perplejo la manita que le tendió. Era obvio que intentaba guiarle, sacarle de ahí.
— ¡Agáchate!— le dijo el muchacho, mirando por encima del hombro a los tres guerreros, que parecían estar recuperándose de su estupor. Uno de ellos tenía ya un arco en la mano, y con la otra buscaba una flecha en su carcaj a la espalda.
La niña se agachó, pero para tomar su mano. Agarrándole con fuerza, estiró de él en dirección al caballo de Jarko, que esperaba en la linde del bosque. El arquero tensó la cuerda y apuntó; la flecha salió disparada en dirección a ellos, y el muchacho gritó al ver la saeta volar directa hacia él. El miedo le paralizó, ni siquiera tuvo el reflejo de tirarse al suelo. Cuando la flecha llegó a un palmo de su cuerpo, Jarko se encogió y casi sintió de antemano el dolor que le produciría el proyectil al atravesarle, pero la saeta no le llegó a tocar. Simplemente rebotó y se perdió entre las matas. Pasmado,  se dejó llevar por la  pequeña, mientras otras flechas seguían rebotando contra lo que parecía ser un escudo invisible.  Los guerreros no les siguieron, pues era de sobras conocido el temor que los zheeremitas sentían por cualquier manifestación de magia.


Los dragones volaban en todas direcciones, buscando las distintas tropas en camino. Una vez que eran encontradas, mantenían una rápida entrevista con los mariscales o incluso reyes, para explicarles la situación y urdir una estrategia a seguir, un punto de reunión para todos ellos en un intento de frenar con el total de fuerzas del mundo libre a los ejércitos de las sombras. Pero incluso los dragones, aunque omitían este detalle, veían la situación con un pesimismo cada vez mayor. A las numerosas huestes salidas de la Puerta de los Planos se unían ahora los ataques a las villas por parte de los zheeremitas y elfos oscuros, que los tercios de retén en las fortalezas debían  combatir. La guerra se había extendido a todos los territorios del único continente de Álderan, para desgastar a los regimientos defensores.
Los mariscales y los dragones se dieron cita en la Llanuras Verdes, allí convergerían en breve todas las tropas de los Reinos, para una ofensiva desesperada. La última ofensiva. Si eran derrotados, el mundo libre caería  para no levantarse jamás.

Capítulo 5 parte 4

4

Al acercarse a Sux, el espectáculo que contemplaron los hombres de vanguardia de los ejércitos unidos de Tornia, Andarathiel, Ímbrolas y Selenia, les heló la sangre. Sux ardía, el humo de varios incendios se elevaba en el aire, constatando que la capital estaba atravesando serias dificultades.  La ciudad estaba rodeada  por las huestes de Balician, mas ni en sus peores pesadillas pudieron imaginar semejante número. Y aún seguían llegando, una oscura mancha en el horizonte que se extendía en lontananza.  El miedo y el desánimo hicieron presa en sus corazones. Sólo una cosa impidió que su moral llegara a cotas insalvablemente bajas: unas manchas en el cielo que se batían, subían y bajaban atacando con enormes lenguas de fuego: los dragones.
Pero, por mucho pesimismo que albergaran, no tenían ni idea de lo que ocurría dentro de las murallas de Sux. Los guerreros y soldados delanianos se las veían con criaturas carentes de todo principio físico de este  mundo: las murallas eran franqueadas por la mayoría de entes, unas por teletransporte, otras las atravesaban sin más, como si se tratasen de un holograma. Los demás entraron por las puertas, echadas abajo por hechizos y fuerza bruta. Sin nada que contuviera fuera de la ciudad a las hordas, era cuestión de pocas horas no solo que Sux cayera, sino que todos sus habitantes fueran exterminados.  
Lo que ninguno de los soldados sabía era que dos nuevos frentes se separaban en el Valle de los Vientos, a la salida del Desfiladero de la Rosasangre, uno hacia el norte, hacia Selenia y otro hacia el sur, hacia Dunamun.

El rey Isir se batía con los guerreros infernales, flanqueado por Excelenior. Los engendros caían bajo la poderosa espada del soberano, Cirne, así como bajo las garras y el fuego del dragón dorado. Toda la ciudad era un caos de reyertas, fuego y ruido de aceros, estampidos de conjuros lanzados de ida y vuelta que se estrellaban contra el enemigo, las paredes o el suelo; el ruido de la guerra repicaba en cada barrio como funestos tañidos de campana tocando a muertos, y los gritos, los gritos desgarradores de dolor o de terror, que hacían que las mujeres ocultas en las casas se taparan los oídos, llorosas, y que los niños se agarraran a sus faldas, asustados. Sin embargo, aunque ni el miedo ni la desesperación tenían cabida en los corazones de los hombres, que luchaban por sobrevivir, supieron al poco que estaban condenados. Nada podría detenerles. No eran de este mundo.
Isir de Delania cayó atravesado por una espada infernal, y Sux cayó poco después, en las últimas horas de la tarde, sin que los dragones ni los ejércitos venidos de los reinos vecinos pudieran evitarlo. Estando ya perdida la ciudad, los diezmados regimientos  no tuvieron más opción que la retirada para evitar la total aniquilación, con la esperanza de unirse al resto de los tercios que estaban en camino. El ejército de las sombras dejó unas tropas de retén en la ciudad tomada, y continuaron su camino en la conquista de Alderan. Lord Krons hubiese sonreído con prepotencia si hubiese tenido boca.

Los cuatro centinelas apostados ante las puertas de adamantita miraban en dirección al valle, aburridos. Una sucesión de ruidos y un pequeño estruendo llamaron su atención y buscaron su origen girándose hacia la entrada y levantando la cabeza hacia la montaña. No esperaban encontrarse al gran dragón plateado que vomitaba ya una lengua de fuego hacia ellos, y cayeron abrasados antes de poder reaccionar. Proctor salvó de un salto la distancia que separaban las peñas sobre la entrada y la pequeña plataforma frente a ésta. Volvió a adquirir su apariencia humana tan pronto desmontaron los dos pasajeros, y echó mano a sus poderosos conjuros para desbloquear la entrada. Casi le dio risa la facilidad con que se abrieron las puertas del duro metal: típica prepotencia de los magos humanos. Con la cautela debida, se adentraron en los dominios del mal.
— ¿Puedes localizarlos?— preguntó Sivar al Gran Señor.
Proctor proyectó su poderosa mente imbuida en magia, recorrió las estancias de aquella planta tocando levemente las mentes de las criaturas que las habitaban. Encontró a sus compañeros en ese primer nivel, acompañados de dos poderosas mentes. Supo el dragón que sólo podía tratarse de Solomon y de la extraña niña, así que se retiró enseguida para que el mago no le descubriera. Pero a pesar de haberles encontrado, siguió buscando al tercer miembro del grupo, bajó uno, dos niveles… tres niveles. Entonces ya no buscó su mente, sino que se concentró en su imagen… Winter…Winter… Artea… Y entonces  la vio.
El frío dragón sintió fundirse algo en su pecho, contemplando con su mente el cuerpo de la que poco ha fue su amante. Un millar de imágenes se sucedieron simultáneamente, superponiéndose a la principal, recordando los años compartidos con ella. El frío dragón, pese a todo, no estaba preparado para verla así. Ensangrentada, con un profundo corte en el esbelto cuello, sus ojos no completamente cerrados ya no brillaban con esa chispa vital, sino con la soledad de la muerte; pero seguía tan hermosa como siempre… Todo perdido, toda esa fuerza, ese carácter, lo que ella era, perdido sin remedio… La conmoción transformó su pétreo rostro, lo tornó más humano; sus orgullosas facciones se contrajeron de dolor, rabia, pena… Quiso gritar, y de su boca salió un rugido terrible que no era humano y que se propagó por toda la fortaleza: no le importó que el enemigo le oyera. Quería cobrar con muerte la pérdida.  
Sus compañeros vieron  sobrecogidos la solitaria lágrima que cruzó su rostro, pero no dijeron nada, puesto que entendieron con pesar  para quién habían llegado tarde. Miraron hacia los poco iluminados corredores, atragantándose con su propia tristeza.  Los labios de Proctor se abrieron de nuevo con un extraño jadeo.
— Winter está… muerta…—balbuceó—. Enitt ha fracasado…
Los otros alargaron su silencio asimilando esa certeza, un silencio conmovido, cargado de remordimientos y dolor, un silencio de tumba.  No vieron cómo otra lágrima recorría rápida, como una estrella fugaz en un cielo de verano, el triste rostro del frío dragón. Porque el dragón nunca fue tan frío como él mismo creía.
Briego se acercó a él y puso su manaza sobre su hombro, impresionado tanto por la noticia como por verle por primera vez mostrar sus sentimientos. El grandullón luchaba  por contener las lágrimas, emotivo, apasionado como era.
— Proctor, hemos de seguir…
— Sí. Hemos de seguir. Hay que seguir... Por aquí…—dijo, con un temblor en la voz.
Una docena de guerreros drow aparecieron súbitamente por el pasillo, espadas en mano, buscando la fuente del fenomenal rugido. Rápidamente, al verles, se reagruparon dispuestos a atacarles. A ellos les vino muy bien poder descargar su rabia con alguien.

Al principio, el mago no se dio cuenta de nuestra irrupción. Bastantes problemas tenía ya. Sin embargo, nosotros observamos atónitos la escena que teníamos delante, aunque no estábamos seguros de comprender lo que ocurría allí. Él y la niña, frente a frente, parecían estar manteniendo una lucha de poderes y voluntades; mientras junto a ellos, sobre una mesa, un bebé muy pequeño, que a  saber de dónde lo había sacado Solomon, lloraba a gritos. La niña sostenía en su mano levantada la Piedra de Izen colgando de su cadena rota, y su brazo temblaba como si dos fuerzas opuestas tiraran de él en distintas direcciones. No sabíamos el macabro propósito del mago, pero intuíamos que, viniendo de él, no sería nada bueno. Nos lanzamos hacia Solomon, sólo para chocar contra una barrera mágica que no habíamos visto. Entonces fue cuando se percató de nuestra presencia. La momentánea distracción tal vez hiciera que su concentración menguara, pues la pequeña aprovechó para lanzarle con la otra mano un chorro de energía blanca, que le despidió hacia atrás e hizo visible por un instante un escudo negro que rodeaba al mago. Solomon se recuperó enseguida y dejó de prestarnos atención. Pero en esos escasos segundos, la potente luz que emanaba de entre los dedos de la niña se extinguió, y mientras un rabioso rugido surgía de la garganta del frustrado nigromante, la pequeña abrió su mano, vacía ahora, y súbitamente cayó al suelo convertida en un montón de arena. Ross y yo nos miramos atónitos, tan atónitos como el mismo Solomon, que avanzó hacia la ropa vacía que yacía en el suelo y la pisoteó con el pie, comprobando que realmente lo estaba. Si no hubiese sido por las tristes circunstancias que me impedían ver las cosas con el sarcasmo habitual en mí, me hubiera reído en la cara del mago. Porque había perdido de nuevo la Piedra, y ahora ya nadie sabía dónde estaba.
El mago, furioso hasta perder su acostumbrada cobardía, se volvió en nuestra dirección.
— Ya empiezo a estar harto de vosotros dos…— masculló.
La barrera mágica cayó, a la par que un pesado y largo bastón aparecía en las manos de Solomon. Esbocé una siniestra sonrisa: era hora de cobrarme las deudas.

Capítulo 5 parte 3


3


El cuerpo principal de infantería retrocedió de nuevo hasta la capital, Sux, alertados por Excelenior de la amplia superioridad del ejército de Krons, que se acercaba imparable arrasando todo lo que encontraba a su paso. Las aldeas y pueblos, abandonados por sus habitantes a toda prisa, ardían después de ser saqueados. Esa noche podían verse los resplandores de los fuegos desde muchos kilómetros de distancia, sembrando más miedo a medida que nuevos focos más cercanos se encendían.
Con las primeras luces, los centinelas de las murallas de Sux vieron en lontananza al enemigo aproximándose. El propio rey y los mariscales acuartelados allí se personaron para valorar la situación por sus propios ojos. Lo que vieron les heló la sangre y desató el peor pesimismo.
— Que los Dioses nos asistan…— murmuró el rey.
Una sombra negra en la tierra se extendía hasta el horizonte. Las huestes de Balician parecían no tener fin. Antes de mediodía los tendrían ante sus puertas.
Excelenior aterrizó  en el patio de la fortaleza y tomó su forma humana. Subiendo de dos en dos las escaleras, llegó a lo alto de la muralla a informar al rey.
—Majestad— le saludó respetuosamente, inclinando la dorada cabeza.
— Decidme que venís a traerme alguna esperanza, Gran Señor— le pidió el rey al dragón.
—Los ejércitos de Tornia, Ímbrolas, Andarathiel y una fracción de Selenia están ya muy cerca. Desafortunadamente, no llegarán antes que las fuerzas oscuras. Debéis resistir aquí y darles tiempo.
—Estamos preparados para intentar evitar la invasión de la ciudad, pero al mirar al horizonte no lo creo posible. Incluso si logramos evitar su inmediata invasión dentro de las murallas, ¿cuánto podríamos resistir el asedio antes de que logren penetrar?
— No os dejéis abatir o habréis perdido la guerra— le regañó el dragón—. Recordad que están de camino numerosos tercios para ayudaros. Todo el mundo libre se ha comprometido con vos.
— Si Sux cae, Delania estará perdida. El grueso de mis ejércitos está aquí, mi estado mayor y yo, el rey. Después de la masacre del desfiladero, no quedarán apenas soldados para defender el país.
— ¿Y las demás fortalezas?
— Las tropas procedentes de los baluartes más cercanos fueron diezmadas ayer.  Vos mismo fuisteis testigos de su caída. Las más alejadas no llegarán a tiempo de ayudarnos, ni serían un obstáculo para ese ejército, a no ser que se combinaran con fuerzas extranjeras. Pero viendo la facilidad de su avance y el número inagotable de esas huestes, no creo posible que ni todos los ejércitos de Álderan juntos puedan detenerles.
Ambos, rey y dragón se quedaron pensativos mirando en lontananza.
— Por si os sirve de consuelo, mis hermanos están en camino.
El rey clavó de inmediato sus ojos en él, más animado.
— Toda ayuda es bien recibida, os lo aseguro.

Eisset se puso en pié y se enfrentó con el bárbaro, echando chispas por los ojos.
— ¡Maldito idiota! ¿Acaso te das cuenta de lo que has hecho? ¡Acabas de condenarnos a todos!
Pero Briego no estaba menos enfadado que ella, y no se arrepentía de su acción.
— ¡Y tú eres una condenada presuntuosa!—le gritó a su vez el bárbaro—. De momento nos habéis servido de bien poco, tú y la Piedra.
Proctor miró a Briego con su compostura y sangre fría habituales.
— Quizá la Piedra hubiera servido para cerrar la Puerta de los Planos… En fin, ahora ya no la tenemos.
Liander suspiró ruidosamente y se aclaró la garganta.
— Podemos recuperarla— opinó—. Proctor, propongo que tú y Briego os adelantéis volando. Quizá podamos ayudar a Winter, Enitt y Ross a…
— ¡Winter está muerta!— gritó fuera de sí la sacerdotisa.
Un silencio incómodo siguió a su sentencia.
— Eso aún no lo sabes…— habló Sivar por fin.
— Si, lo sé. Lo vi, vi a Enitt sujetándola entre sus brazos mientras moría. No quise decírselo a él, porque… en fin, ya podéis imaginaros el por qué. Tampoco sabía en qué momento ocurriría, puesto que él estaba aquí, con nosotros… Pero al haber ido allí, todo debe haberse precipitado.
— A pesar de eso, al menos la niña, Enitt y Ross siguen allí. Y el Enlace, nuestro objetivo, por cierto— intervino Liander de nuevo—. Propongo que os pongáis en marcha de inmediato; nosotros recogeremos el campamento y nos pondremos en camino sin tardanza.
— Yo voy con ellos— dijo Sivar—. Soy ligero y ágil, no supondrá un problema para Proctor llevarnos a los dos.
— Sea— aceptó el dragón.
Proctor no se hizo esperar. Se transformó tras separarse bastantes metros del grupo, y se agachó para facilitarle a Briego la escalada a su grupa, mientras los demás recogían rápidamente.
Sivar le alcanzó una manta al pelirrojo para que la dispusiera a modo de silla, con la intención de evitar desollarse ambos los muslos contra las duras escamas. Después se encaramó con la agilidad propia de su raza hasta el lomo del carismático compañero, sentándose ante el bárbaro.
— Agarraos bien, y procurad que vuestras espadas no me molesten— les advirtió el dragón plateado.
Briego se quitó rápidamente el cinturón del que pendía la vaina de la espada y lo cruzó en su pecho, de modo que su acero quedó alojado en la espalda.
— ¿A dónde se supone que debemos agarrarnos, jodido dragón? ¡No veo que tengas ningún agarradero!—protestó, nada tranquilo ante la perspectiva de volar.
— Pronto encontrarás algo a lo que aferrarte, por la cuenta que te trae…—respondió él, divertido.
El dragón se agazapó y luego saltó para darse impulso. Desplegó entonces las alas y comenzó a batirlas, elevándose a bruscos trompicones.
— ¡La madre que…! ¡Más suave, Proctor, malditas sean tus escamas!— oyeron gritar a Briego—. ¡Y tú no te rías, perro, o te tiraré del dragón en pleno vuelo!
Las risas de Sivar ante las quejas del bárbaro se diluyeron en el cielo que ya empezaba a clarear y los tres desaparecieron rápidamente de su vista, perdiéndose sobre las copas de los árboles. Eisset y Liander montaron entonces en sus caballos y se lanzaron al galope en la misma dirección, acarreando los corceles sin jinete.

Ross y yo llegamos a una ancha escalera, esculpida en la misma piedra de la caverna convertida en fortaleza. Mi compañero, instintivamente, colocó un pie en el tramo que se hundía hacia las profundidades. Yo le detuve.
— No— le reprimí—. Si bajamos nos entregaremos a una muerte segura. Además, no está ahí abajo.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Has tenido otra visión?— me preguntó anonadado.
— En efecto. Por otro lado, lo más lógico es que el mago se asegure una salida por si las cosas se ponen feas. Busquemos por los niveles superiores.
—El mago puede conjurar portales.
—No si no puede concentrarse. O eso espero…
—Enitt… Esas visiones… Me pregunto de dónde vienen, y por qué las experimentas.
— No sé de dónde provienen, pero creo que las tengo cuando mi muerte es inminente.
—Vaya… Es un valioso don.
—Lo es, a qué negarlo. Subamos.
—Después de ti— dijo Ross haciéndose a un lado.
Yo no me hice de rogar y comencé a subir los escalones de áspera piedra con cautela. No bien llegamos al siguiente nivel oímos el ruido que producían un bonito número de botas contra el suelo bajando las escaleras. Agarré a Ross del brazo y tiré de él hacia uno de los pasillos, con intención de escondernos. Cuando alcanzaron el rellano, una voz áspera impartió órdenes.
— Vosotros, controlad el pasillo de la izquierda y las salas. Los demás, conmigo al pasillo de la derecha.
Sin hacer ruido y con movimientos suaves, los dos nos desplazamos hasta el final del corredor. Abrí la puerta de la última habitación, que estaba vacía.
— De aquí no hay salida, Enitt, ¿hemos hecho lo correcto?
— Las fuerzas se han dividido, y conviene que acabemos con los de éste pasillo antes que los del otro oigan la reyerta y se unan a éstos. Será más fácil.
— Bueno, visto así...
De modo que nos preparamos en la pared, junto a la puerta, para sorprender a aquellos tan pronto como entraran. No tuvimos que esperar apenas, pues el grupo se había dividido por parejas para registrar más deprisa las numerosas estancias de aquella ala. Nuestras espadas les dieron la bienvenida, y los dos hombres pararon a duras penas nuestra acometida. Ross había herido a uno en el brazo hábil, por lo cual no le costó apenas acabar con él. Yo me las vi con el otro,  que por cierto era diestro en el manejo del acero, pero yo lo era más. Terminé rápido con él, pues no quería cansarme innecesariamente ante la perspectiva de las numerosas escaramuzas que seguro nos aguardaban antes de dar con Solomon. Resonaron pasos apresurados en el pasillo y mi amigo y yo nos colocamos ante la puerta de modo que limitábamos el número de atacantes a dos como máximo, y estorbándose. De este modo fue muy fácil vencer a la sección de veinte hombres del corredor derecho.
A hurtadillas, avanzamos por el pasillo intentando ganar la escalera sin ser detectados por el otro grupo, pero eso hubiera sido mucha suerte. Les oímos llamar a la cuadrilla  que acabábamos de liquidar, ya se aproximaban a nuestra posición con cautela y desconfianza. Veinte más. Saqué una daga de mi bota, y Ross me imitó. Aún no nos habían visto cuando lanzamos los cuchillos hacia la pareja de vanguardia, que cayeron atravesados. Dieciocho. Los demás dudaron y frenaron su avance, nosotros reculamos y entramos sigilosamente en una habitación, dispuestos a repetir la táctica anterior en caso necesario. Pero mientras yo cerraba apresuradamente la puerta, Ross reclamó mi atención palmeando repetidamente mi brazo.
— ¿Qué?— le increpé.
Su cara miraba al frente, hacia el centro de la habitación, con ojos como platos. Seguí la dirección de su mirad, y mis ojos se abrieron también de par en par. Un enorme gólem de piedra se alzaba en el centro de la estancia, que parecía ser la antesala a otra cámara. 
— Treansabe ek ína´doo— dijo la mole, que parecía un burdo intento de imitación a la figura humana moldeada por un niño muy pequeño.
—Mierda… ¿hablas idioma gólem?— pregunté a mi amigo.
— ¿Idioma gólem? Ni sabía que existiera…
—Creo que nos pide una contraseña— reflexioné.
— Pues de bien poco nos serviría hablar su idioma entonces…
— Salgamos de aquí.
Cuando abrí la puerta, varios guerreros pasaban justamente ante ésta por el corredor. Salimos de la estancia, cerramos el acceso por si acaso y nos lanzamos contra ellos, pues eran a todas luces menos peligrosos que la criatura. Las espadas entraron de nuevo en acción.
Pronto nos vimos rodeados y en consecuencia nosotros nos colocamos espalda contra espalda, aguardando a que ellos realizaran el primer movimiento. Cuando uno  se decidió a atacar, los demás le imitaron como si hubieran estado esperando una señal; pero nuestros aceros salieron disparados en un rápido barrido de derecha a izquierda y viceversa, trazando un perímetro mortal para los incautos que lo traspasaron. Comenzó de nuevo a llover sangre sobre el áspero suelo de piedra. Cuatro menos: catorce. Los demás cayeron de uno en uno, vendiendo cara su piel y obligándonos a esforzarnos al máximo, parando peligrosas estocadas que caían desde todos los ángulos y contraatacando en las pocas  ocasiones que podíamos, sin fallar una. La velocidad con que nos vimos obligados a mover la pesada hoja en el relativamente corto espacio de tiempo que duró la escaramuza nos dejó cansados y sudorosos, así que decidimos descansar unos minutos. Mientras lo hacíamos sentados en el suelo con las espaldas contra la pared, una incógnita no cesaba de dar vueltas en mi cabeza.
— Ese gólem custodia algo, Ross, y debe ser algo importante para tener semejante centinela.
Ross chasqueó la lengua.
— Estaba pensando lo mismo… Quizá deberíamos indagar.
— Lo haremos, pero no ahora. Primero la niña. Venga, no podemos perder más tiempo— resolví poniéndome en pie—. Ojalá tuviéramos aquí una de las pócimas reconstituyentes de Sivar…
— O dos…
—Ugh, eso… dos.
Volvimos a las escaleras y las subimos raudos un nivel más. Ignorábamos cuántos había en aquella fortaleza excavada en la roca, ni en cuál estábamos. Pero tampoco me importaba. De nuevo dos pasillos, izquierda y derecha, llenos de puertas. Empezamos a registrar el ala derecha. Almacenes, principalmente. Los pocos guerreros que encontramos fueron aniquilados fácilmente.
En el ala izquierda encontramos una armería y una herrería. Tampoco dejamos supervivientes, y nos proveímos de unos prácticos shakkens. Cuando regresamos a las escaleras, oímos de nuevo ruido de botas. Subían: la horda que habitaba las profundidades, aquellos que vi dándonos muerte en mi premonición, ascendía en nuestra busca. Hora de correr.
Y cómo corrimos. Tomamos el pasillo de la izquierda ésta vez, por proximidad, y lo recorrimos en sus tres cuartas partes. Escogimos una puerta al azar y entramos con cautela en la estancia: estaba ocupada. Por Solomon.

Capítulo 5 parte 2

2

Aquella acción desesperada, suicida e irreflexiva, entró en mi consciencia en el momento en que traspasaba el portal. ¿Qué iba a encontrarme al otro lado? Me daba igual, estaría de sobras preparado para lo peor, y sólo una cosa ocupó mi mente entonces: Artea.
Me vi sacudido por fuerzas físicas durante unos interminables segundos, mi cuerpo experimentó unas extrañas sensaciones, como si se disolviera y se volviera a formar.
De pronto me vi precipitado hacia un suelo de piedra, pero mis reflejos evitaron el golpe dando una voltereta y luego me puse rápidamente de pie. Aparecí en un gran salón, rodeado de guerreros de la peor calaña: esqueletos —Dioses, cómo odiaba a esos en particular—, humanos renegados, elfos oscuros y zheeremitas, principalmente. La luz que emanaba de la Piedra sita en mi mano parecía cegar a los guerreros de Solomon. Otra persona rodó a mi lado y se levantó con agilidad.
— Como en los viejos tiempos, ¿eh?
Sorprendido, vi a Ross a mi diestra.
— ¿Qué demonios haces tú aquí?— le dije sin dejar de mirar a nuestros enemigos, moviendo amenazadoramente la espada por delante de mí.
— Soy tu maldito mejor amigo, Enitt. ¿Responde eso a tu pregunta?— Contestó con idéntica actitud.
— Como en los viejos tiempos…
Mi mente pareció ser atravesada por un relámpago. Otra grieta en la muralla que contenía mi pasado se abrió de repente.

Ross, Ari y yo, batiéndonos a espada con decenas de elfos oscuros, mientras Winter y ese mago de la orden Blanca nos apoyan desde detrás con sus magias. Los demás luchan fuera, a la entrada de la Torre de Izen: Liander, Sivar y el Proctor dragón, ayudados por ese extraño bárbaro de roja melena, evitando que pudieran entrar fuerzas que nos emboscasen por la retaguardia.
 …Elfos oscuros, en aquellas escaleras, y más arriba, en el primer piso decenas de ellos… Espadas, hechizos, cuerpos derrumbándose ante mí, atravesados, mutilados, sangre, sangre que mancha escandalosamente el mármol blanco de los escalones y los vuelve resbaladizos…
 Cuando parece que controlamos la situación, después de acabar con la malvada madre matrona que tantos muertos había causado con su codicia, una nueva oleada surge por todas partes, frente a nosotros, llenando el vestíbulo, ocupando de nuevo las escaleras y cortándonos el ascenso, creando más confusión. Las espadas hablan, no callan ni un momento, no veo más que blancos donde golpear con mi acero, lucho por sobrevivir, pues los elfos oscuros son ágiles guerreros y tienen algunos recursos mágicos muy peligrosos. Cuando acabo con el último y mi concentración da paso a la realidad, no veo a mi esposa,  ni al mago. La llamo, no hay respuesta. Desesperado, la busco entre los cuerpos que cubren gran parte del  suelo… con alivio compruebo que no está. Corro por un pasillo, seguido por Winter y Ross, escucho el sonido de los hierros entrechocando según me aproximo, y un gemido. Doblo la esquina que da a una estancia amplia, en la cual un elfo oscuro gira su cabeza y me mira como sorprendido mientras Ari cae y rebota ligeramente contra el suelo, herida. Ross no da cuartel, y aprovechando la distracción que ha provocado nuestra llegada, se acerca al enemigo a la carrera y corta el cuello del descuidado elfo. Yo me dejo caer junto a ella, mirando con horror la sangre que se extiende con rapidez  debajo del cuerpo de mi amada, sus ojos dirigidos a la nada tornándose vidriosos, y escucho sus entrecortadas últimas palabras, que se clavaron en mí como dagas envenenadas.
— Tu deber era protegerme…
Entonces murió en mis brazos, y yo cargué con ese reproche además del dolor de su pérdida, llenándome de remordimientos hasta el punto de no desear vivir, culpándome de haberle fallado. Y a consecuencia de esto vino todo lo demás.

Pero ahora, en este momento, me he dado cuenta de que el reproche no era para mí. Tú estabas allí aquel día, pues entonces aún eras mago de la Orden Blanca. Te hablaba a ti, Solomon, ahora lo veo, ahora todo encaja. Eras tú quien debía protegerla, mago renegado, y en lugar de ello usaste tu magia para contribuir a su muerte… Qué bien te salieron las cosas. Y seguiste en la Orden impunemente, planeando contra ella y contra tu mundo, sin que nadie llegara a sospechar nada hasta que tu maldad y tu ambición te llevaron a abandonarla…
  Y ahora pretendes volver a hacerlo. Pretendes acabar otra vez con aquello que amo. Tu error ha sido creer que volvería a salirte  bien. Pero ésta vez sé quién eres y lo que eres, y también sé quién soy yo. Date por muerto, hijo de perra.

Solomon estaba sentado en un trono que presidía el salón, al fondo del mismo. A su lado de pie, encadenada, y con unos extraños guantes metálicos en las manos atadas por delante de su cuerpo, estaba Artea. La niña yacía sobre una mesa, encadenada también y con los miembros extendidos hacia las esquinas. Olía a quemado y los muebles estaban dañados. Supuse que mi novia había vendido cara su piel, y me enorgullecí una vez más de ella.
— He traído la Piedra— le dije al mago—. Suéltalas y entrégamelas.
— Mis instrucciones eran entregar directamente la Piedra— contestó él, al parecer molesto.
— No confío en una alimaña como tú. Hemos venido para asegurarnos de que cumples el trato. Entréganos a tus rehenes y quédate con la Piedra, o atente a las consecuencias.
Solomon empezó a reír, burlándose de nosotros.
— ¿Te atreves a amenazarme, necio? Pues te diré más: de aquí no va a salir nadie, vivo al menos. ¡Matadles!
— El maestro afina los instrumentos…Bailemos, Enitt— dijo Ross con una sonrisa siniestra.
Blandí la espada con las dos manos, y en el momento que el talismán tocó el acero, éste comenzó a brillar con una luz azulada que la envolvía completamente.
Me lancé al ataque, y Ross me siguió. Me entregué a la furia que aquél último recuerdo de Solomon y su actual amenaza provocó, usándola para matar, para destruir, y me regocijé en ello. Nosotros, Ross y yo, éramos simbióticos, complementarios, un todo cuando luchábamos juntos espada con espada. Pero aquellos desgraciados no lo sabían.
Los aceros cobraron vida y bailaron la danza de la muerte, tiñéndose de sangre y salpicando sangre. Ni siquiera teníamos que esforzarnos para conseguir esa letal eficacia, fluía en sincronización entre nosotros y los enemigos caían a nuestros pies. Mi filo azul desmontaba con un simple toque a los esqueletos, probablemente a causa de la magia de la Piedra, y quebraba las espadas que osaban golpear con fuerza contra él. Ahorraré explicar el efecto que causaba cuando encontraba un cuerpo en su camino.
Cuando terminé con la vida del hombre con quien luchaba, mientras Ross se debatía con el último de los esbirros de Solomon y volví mi atención al mago, éste se hallaba tras Artea amenazando su cuello con una daga. La niña estaba desatada y a su lado, y el mago la sujetaba por los cabellos sin contemplaciones. A dos escasos metros, un nuevo portal creado por el mago durante la lucha flotaba expectante.
— Tirad las armas o la mato— dijo mientras la víctima de la espada de Ross se desplomaba.
Sin dudarlo, dejé caer mi acero y Ross el suyo, que resonaron al tocar el suelo.
— Y ahora entrégale la Piedra a la mocosa— añadió, empujándola hacia nosotros.
— No. Dejaré la Piedra en el suelo y me las llevaré a las dos.
— Te entregaré a la hechicera, pero no a la niña. La necesito, sabes que ni yo ni ninguno de mis servidores puede tocar el talismán.
— He dicho que me las llevaré a las dos— insistí, muy a pesar mío, pues estuve tentado de aceptar su oferta.
Pero una mirada a los ojos de la pequeña y el contacto de su mano cogiéndose de la mía fue suficiente para disuadirme e intentar salvarla de un aciago destino. Estaba seguro que el mago no guardaba buenas intenciones para con ella.
— Tener la Piedra en tu poder es suficiente ventaja, aunque yazca intocable en el suelo—añadió Ross.
— Enitt, no…—trató de hablar Artea.
— ¡Calla! …De nuevo os recuerdo que no estáis en posición de negociar. Dale la piedra a la niña— dijo apretando la daga contra el cuello de Winter. Unas gotas de sangre roja se deslizaron bajo el filo del arma.
Puse la Piedra en la mano de la pequeña, con una rabia ardiente en mi interior.
— Ahora ven aquí, niña.
La pequeña se acercó a él pero, de pronto, se agarró a la mano de Winter. El amuleto brillaba como un sol en su mano cerrada.
— Deja libre a Artea, mago.
El mago miró al portal y empujó a la chiquilla, que ya había soltado la mano de Winter, a su interior. Luego él mismo retrocedió de espaldas hacia allí, sin soltar a la hechicera. Cuando estaba a un paso se detuvo.
— Dejar a un poderoso enemigo vivo es de estúpidos, ¿no es así, hechicera?
Supe lo que iba a hacer en cuanto pronunció esa sentencia. Lo supe también porque lo había vaticinado Eisset, aunque me hubiera resistido a creerla. Me agaché como un resorte y cogí mi espada, mientras arrancaba a correr para alcanzar a Solomon antes de que el filo de su daga cruzara el expuesto cuello de Artea, pero no lo conseguí… Mientras corría hacia ella, sus ojos seguían clavaros en los míos, inexpresivos. Solomon le cortó el cuello de un rápido tajo, empujó su cuerpo con violencia hacia mí para obstaculizarme, y entró deprisa en el portal, que se cerró de inmediato impidiendo que Ross, que ya se precipitaba hacia él, se colara detrás suyo.
Abrí los brazos, dejando caer la espada, y sujeté a Artea. Sangraba a borbotones, se atragantaba con su propia sangre. La deposité con cuidado en el suelo, sin saber qué hacer, sin poder ayudarla, desesperado. Mis ojos se anegaron de lágrimas mientras veía cómo la vida abandonaba los suyos y la abracé, impotente, sujetando inútilmente su garganta en un intento vano de detener la hemorragia. Murió en mis brazos. Durante un terrible momento estuve también en otra sala, separada por el tiempo y el espacio, abrazando a otra mujer que murió también en mis temblorosos brazos. Mis hombros se estremecieron por los sollozos, abrazándolas, llorándolas a las dos. Otra vez me sentía invadido por aquel vacío, aquella angustia tan conocida. Otra vez vivía y revivía el mismo calvario.
Solo que ésta vez sabía de quién debía vengarme, e iba a convertir la venganza en mi prioridad, en lo único que en ese momento diera sentido a mi vida. Ira roja, en mi cabeza y en mis ojos: Solomon no tenía ninguna posibilidad frente a un asesino suicida, pues poco me importaba sobrevivir con tal de llevármelo por delante.
Ross esperó sobrecogido a que recuperara el control y me sosegara, intuyendo que entre la hechicera y yo había algo que él se había perdido. También sus ojos brillaban con el reflejo de las lágrimas.
 Cuando fui capaz de ello, levanté en brazos el cadáver de la hechicera y la deposité en la mesa. Incluso en la muerte seguía siendo bellísima. Artea… mi Artea.  Ira roja…
— El portal del mago debe haberle teleportado a otra estancia de la fortaleza— le dije a Ross apretando los dientes, al volverme hacia él—. No creo que haya ido lejos.
— ¿Estás bien, Enitt? ¿Tienes fuerzas para hacerlo?— me preguntó él agarrando con su mano mi hombro en un gesto de camaradería.
— Lo que más deseo ahora mismo es atravesar con mi espada a ese maldito mago. Se habrá puesto a buen recaudo, detrás de sus principales fuerzas. No será tarea fácil llegar a él.
— ¿Cuándo ha sido eso un problema para nosotros?— me apoyó Ross.
Le miré a los ojos, y sentí una oleada de afecto hacia el antiguo tabernero.
— Gracias, amigo mío. Gracias por haber traspasado ese portal conmigo.
Ross palmeó mi hombro, emocionado y triste.
— Es un honor luchar a tu lado, hermano. Vamos— dijo, agachándose y recogiendo mi espada del suelo. Yo la tomé cuando me la ofreció; aún permanecía en ella el brillo azulado que le imbuyera la Piedra de Izen. Miré por última vez el cuerpo de Artea, y en ese momento me di cuenta de que iba empapado en su sangre. Juré que no sería la única que me salpicaría esa noche.
Besé los labios tibios de la hechicera antes de salir, sintiéndome culpable por tener que dejar allí su cuerpo, y levanté mi espada vertical ante mi rostro.
— ¡Por Artea!— Juré.
Ross puso su espada del mismo modo frente a sí, y juró venganza conmigo.
— ¡Por Artea!
Eché a andar, seguido por Ross, abrí la puerta y salí a un ancho pasillo. Un diablo menor que caminaba por él se paró en seco y se me quedó mirando indeciso. Yo no reduje mi paso seguro y, al llegar a su altura, le corté la cabeza con un escueto molinete de mi espada sin alterar lo más mínimo mi marcha y seguí caminando, indiferente.

Capítulo 5 parte 1

Capítulo 5
Enitt
1

El estado de desesperación, impaciencia y consternación que sucedió al cierre del portal mágico aguzó mis percepciones, aunque lo lógico habría sido lo contrario. Ardía en deseos de acudir en rescate de la niña y de Artea, sobre todo de Artea. Maldecía mi mala suerte.
Eisset volvió junto al fuego y se quitó  la cadena de la que colgaba la Piedra. Luego se arrodilló en el suelo, envolvió el talismán con las dos manos y apoyó éstas sobre el regazo. Con voz casi inaudible, entonó unas letanías mágicas mientras se mecía hipnóticamente, con los ojos cerrados para que nada perturbase su concentración. Pasaron los minutos, con los murmullos y movimientos de la sacerdotisa crispándome mis alterados nervios.  Hacia delante, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás. La Piedra parecía inactiva, y ya empezaba a desesperar cuando Eisset detuvo sus meneos de repente y se quedó muy quieta, mientras sus pupilas se movían rápidas bajo los párpados, como si soñara. Su expresión se tornó angustiosa,  comenzó a jadear y a sudar a pesar de la baja temperatura del ambiente, y de pronto su rostro reflejó terror. Un prolongado grito, su grito, rompió el silencio de la noche y el trance de la sacerdotisa, clavándose  en nuestros tímpanos. Corrí hacia ella, sobrecogido, me agaché y la cogí por los hombros. Ella dejó caer su cabeza hacia atrás, estallando en llanto, empujándome con rechazo sin entender siquiera quién era yo. Proctor retomó su forma humana y se aproximó a nosotros a grandes zancadas, yo dejé a Eisset y me retiré unos pasos. El dragón plateado la abrazó con ternura y le susurró unas palabras que tuvieron un efecto balsámico en la alterada sacerdotisa. Sin dejar de sollozar abrió los ojos y se abrazó a Proctor, sin dejar de repetir la misma letanía: “fue horrible” y “va a matarla”.
— ¿Quién va a matar a quién? ¡Explícate!— le exigí a Eisset, alarmado.
Ella me miró agitada, desprendiéndose del abrazo de Proctor. Luego pasó su mirada por el resto de los presentes, retrasando adrede el momento de pronunciar la sentencia.
— El Enlace… matará a Artea.
— Eso no puede ser…—gemí temblando de ira— ¡La Piedra se equivoca!
— He visto el futuro, Enitt.
—¡Tan sólo dime si conoces el emplazamiento del mago, Eisset!
Ella me miró de un modo extraño, preguntándose seguramente si mi interés, si mi angustia, iba más allá de los parámetros normales entre compañeros.
— Si, lo conozco. Con bastante exactitud —dijo levantándose.
Cogiendo un palo, despejó de hierba una pequeña zona y dibujó el Valle de la Eterna Primavera. Los demás se aproximaron, atentos a la información de Eisset.
— Ésta es la entrada sudoeste del valle, al norte están las montañas Beggum. Si ya te has situado, el emplazamiento del Enlace se halla en una profunda cueva situada justo aquí— explicó, haciendo un punto en la base de las montañas, al noreste de la entrada.
— Gracias, Eisset— le dije—. Proctor, si te parece bien deberíamos partir sin demora. Si ella tiene razón, no debemos perder ni un segundo. Hay que evitar que eso suceda; no estamos muy lejos, podemos llegar a tiempo.
— ¡No podrás evitarlo!— exclamó la sacerdotisa, angustiada— ¿Es que no lo entiendes? Hagas lo que hagas, ella morirá. No sabes qué puede ser el detonante, quizá el acudir sea lo que provoque su muerte…
Me detuve un segundo, pensando en las implicaciones de lo que me acababa de decir Eisset, pero no necesité más.
— Si ha de morir, prefiero que sea intentando rescatarla que cruzándome de brazos.
En ese momento, una figura se materializó a unos metros: Solomon. Briego enarboló la espada amenazadoramente, y Sivar cargó con rapidez una flecha en su arco, apuntándole. El mago se rió de ellos.
— No creeréis que realmente estoy aquí, ¿verdad? No, no me voy a poner de nuevo a vuestro alcance, no soy tan iluso. Pero tenemos negocios pendientes… Tengo algo vuestro, y vosotros tenéis algo que deseo. Os propongo un trueque, ellas por la Piedra de Izen.
— ¡No!— gritó la sacerdotisa. Todos la miramos, incrédulos.
— ¿No? —Se mofó el mago—. No parece haber consenso… Dejaré que lo debatáis entre vosotros. Tenéis media hora, tras la cual abriré una pequeña puerta. Si lanzáis a través de ella el talismán, las dos damas os serán devueltas. En caso contrario, las mataré.
— ¿Qué garantía tenemos de que nos las entregarás?—dije yo.
— Ninguna. Tendréis que confiar en mi palabra —respondió Solomon, regocijándose de nuestra disyuntiva—. Media hora.
El mago desapareció. Todos nos miramos, ellos incómodos, yo resuelto.
— Propongo que la entreguemos. Ya tenemos la información, no merece sacrificar dos vidas —resolví.
— No pienso entregar la Piedra –se empecinó Eisset, tajante—. Es demasiado valiosa, y no creo en la palabra de Solomon. Las matará de todos modos.
— ¡Maldita seas, mujer! —Le grité, furioso por su fanatismo inamovible. — ¿Qué pueden hacer ellos con la Piedra, sino destruirla? ¡No pueden manipularla! ¡Que se pierda la Piedra, ya no la necesitamos! Los Dioses no están… Y no vale dos vidas.
La Piedra tiene otras propiedades, Enitt. Algunas incluso aún por descubrir, sólo El  Mago Electo conocía todos sus secretos. No permitiré que la entreguéis, y menos estando nuestro mundo al borde del exterminio. Yo tampoco quiero sacrificarlas, pero no vamos a pagar semejante precio y es mi última palabra.
Nadie abría la boca, yo les miré sin poderme creer que no intervinieran a favor de Winter y la pequeña.
— Y vosotros, ¿no tenéis nada que decir?—les increpé. — ¿Ni siquiera tú, Proctor, pese a lo que dijiste no hace ni diez minutos?
Ninguno soportó mi mirada, y sentí la bilis subir por mi garganta ante su actitud.
— Odio tomar esta decisión, Enitt, pero ella tiene razón —dijo Liander con voz suave, mirándome con dolor—. Hemos de pensar en el bien de la mayoría.
Me acerqué a Eisset, aplaqué mi furia dispuesto a rogar por la vida de Artea.
— Eisset, por favor, reconsidera tu posición…No puedes dejar que las maten.
Ella me miró incómoda pero convencida.
— Lo siento, Enitt…
La ira creció de nuevo en mí, me sentí traicionado por mis propios compañeros. Mi mano se disparó guiada por la ira y la frustración y le di una bofetada a la implacable sacerdotisa. Ella reculó dos pasos y cayó al suelo, estupefacta y dolorida, y se llevó la mano a la roja mejilla. Proctor se agachó a su lado y me lanzó una mirada desafiante y desaprobadora.
— Iros todos a la mierda…— les solté. Ninguno tuvo el coraje de contestarme.
Me sentí solo y desvinculado de ellos. Me parecieron extraños, completamente ajenos a mí. Y de nuevo mi mente volvió a las palabras pronunciadas por aquel ente sin rostro y sus consejos: “desconfiarás de quien confíes”. Muy bien, eso ahora me convenía. Haría lo que yo y sólo yo creyera oportuno. También recordé la última sentencia: “sacrificarás  algo que amas”. No, eso no iba a hacerlo, no ésta vez.  Si el sacrificio –no podía ser otro, pues Winter era lo único tangible que amaba—  suponía dejar morir a Artea, no iba a doblegarme ni a consentirlo. Desobedecería a costa de lo que fuera, y al infierno con todo.

Los dos diablos menores pusieron unos guantes especiales a Winter antes de atarla, para evitar que pudiera usar su magia, mientras otros dos subían y encadenaban a una mesa a la extraña niña.
— ¿Qué…qué vas a hacerle…?—preguntó temblorosa la hechicera al ver a la niña tumbada con las extremidades extendidas.
— Tú se lo vas a hacer— se rió él—. En cuanto aparezca la Piedra, vas a introducírsela en la garganta.
Winter le miró perpleja, pero comprendió enseguida lo que pretendía con ello el mago.
— Jamás le haré daño, maldito cabrón. Ni te ayudaré a destruir el amuleto.
El mago se acercó a ella hasta que sus narices casi se tocaron, y la miró furioso e intimidador.
— Lo harás o acabaré contigo.
— Me matarás de cualquier modo. Es estúpido dejar vivo a un poderoso enemigo.
— Encontraré el modo de someterte, hechicera.
Solomon volvió al trono y habló a sus guerreros. Los treinta, más o menos, se congregaron a su alrededor esperando sus órdenes.
— Voy a abrir un portal. Estad atentos, pues es posible que aparezcan intrusos en lugar de la Piedra.
Y el mago pronunció en un murmullo las arcanas palabras que dieron como resultado la apertura de un aro negro ribeteado de llamas azules, el portal por donde Los Siete debían entregar la Piedra.

Respiraba con rapidez a causa de la agitación que sentía, miraba a los huidizos ojos de mis compañeros con frialdad y desdén. Deslealtad. Ese era para mí el peor de los pecados. A mi modo de ver, la Piedra no iba a salvar el mundo por mucho que lo asegurara Eisset; era en este momento un símbolo obsoleto que servía de bien poco si excluíamos el valor de trueque por las dos vidas. No entendía por qué los demás no lo veían tan claro como yo.
Justo en ese momento el portal se abrió: la media hora había expirado. Miré el contorno azulado y el negro vacío, y sin pensarlo, comencé a correr hacia él, sacando la espada. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, una voz me detuvo y giré, quizá curioso por el tono cómplice de la voz.
— ¡Enitt, toma!— dijo Briego, arrancando el colgante del talismán del cuello de la sacerdotisa, que todavía permanecía sentada en el suelo.
El bárbaro me lanzó la Piedra, y yo la cogí al vuelo con la mano libre. Luego me encaré de nuevo hacia el pequeño portal que flotaba en forma de aro, cogí carrerilla y lo traspasé de un salto, lanzándome de cabeza. Pero alguien más lo traspasó conmigo.